Casa Magreb

Inteligencia y precisión: dos requisitos para enfrentarse con una situación, personaje o problema y darle una forma narrativa que, en términos usuales y conocidos, designamos como cuento, esa operación entre aritmética –contar- y verbal –narrar-. Requiere, además, como se puede ver en estos textos, Casa Magreb, de Ricardo J. Monje, de una mirada filosa que percibe en una masa fáctica, una escuela, una casa, unas señoras, unos estudiantes, algo que desborda lo que pueden tener de conocidos y previsibles, en suma de lugares comunes, lo grotesco y hasta, rozándolos para quitarles todo énfasis, pasar a otro lugar, un lugar de reflexión pero también de placer de lectura. Sorprendentes estos cuentos, sorprendente el ingenio con que trata esas situaciones casi triviales, el humor casi tierno con que registra incongruencias o ridículos y el todo despreocupado de lo que para muchos cuentistas es la obsesión de finales redondos: los textos de Magreb son abiertos, la situación narrada queda flotando pero no frustra ninguna expectativa de lectura. Sorprendente: porque hay detrás una sabiduría, como que Monje conoce a los maestros pero los abandona, prefiere el transcurso, la metaforización, el adjetivo bien puesto, a la espectacularidad de esas variantes que caracterizan el “cuento”, según la obra y la teoría más corriente. Golpe de aire fresco, gratificante lectura, mucho queda después de transitar por esas páginas que no tienen pierde.

Noé Jitrik

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