El aliento negro de los gitanos

Una noche, con una torpeza pero que sin embargo acertaba, convenció a su esposa, después debería convencerse él, tarea algo difícil, no sabía que tenía tanto poder para la oratoria y el convencimiento. Su mujer,
que lo había visto aparecer desaforado como una locomotora en plena curva, resolvió todas sus encrucijadas
a partir de aquella conversación y ahora se pasaba todo el día contándole a su pequeño, figurándose que le cantaba al oso bailarín que los enriquecería.
Petre retiró el soldador de las brasas, lo pasó por ácido muriático rebajado con zinc, y comenzó a estañar el
fuentón que debía terminar esa tarde. Volvió a pensar en lo conversado y se preguntó: cómo haría para comprar un oso. Necesitaba al menos el dinero de treinta mil fuentones y jofainas; calculó que podría morir al pasar los veinte mil, claro que no era bueno para los números, pero a tres por día, seguro moriría antes de llegar a los veinte mil. En el supuesto caso de lograr reunir el dinero, debería llegar a la casa de su amigo, que lo estaría aguardando con el permiso para transportar el oso; la cuestión era que ya había convencido a su mujer. Maida le cantaba a su bebé algo similar al pasodoble; aunque no muy lejos de la salsa ni de la cumbia, batía palmas y decía: “Neni cumba ni cumba ni cumbit, neni cumba ni cumba ni cumbit”, y Carlo bailaba tanganillas bajo el sol curioso que se había clavado en la mitad del cielo para ver a los gitanos.

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