Islandia

Se diría que es una paradoja, un dilema paradojal. Lo que me apresuro a escribir es síntesis de un pulso. De ningún, modo una recreación, sino mi visión de los hechos tal como brotan. ¡No soy poeta!…, pero las circunstancias me hacen querer serlo mientras perdure este tránsito. Era una campiña, o mejor aún, un campo bretón plagado de matas y arbustos verdes como peces parlanchines confabulando contra la última legislación pesquera. La absurda metáfora no es gratuita. Había un sentido ofensivo en la bizarra circunstancia, es decir, se avanzaba hacia adelante sin prejuicios temerosos. Caminaba acompañado por un vietnamita (decididamente, un hombre amarillo). De esos que se construyen en serie, que son idénticos y que, cuando hablan, no se les entiende nada. ¿Me conversaba?, creo que sí, aunque sus gestos —absolutamente de cuño itálico— se asemejaban a la pantomima del Teatro Francés. Abría la boca y emitía ruidos zumbones, violetas, rojos y celestes. Burbujeaba esdrújulas plateadas. ¿Se me puede incriminar por desconocer la lengua de Ho Chi Minh?, ¿condenarme al patíbulo por no poder articular una serie serpenteante de significados emitidos a través de una lengua alimentada a base de arroz?

 

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